El golpe bajo

un reencuentro inesperado

(Autor: Héctor Carlos Reis)

Esta es una historia real. Me fue referida por una amiga. El protagonista se la relató casi sin respirar, como en una fugaz descarga. Mi amiga, que lo conoce bien, completó frases apenas insinuadas; la comprensión de la amistad logró dar forma reconocible a sentimientos profundos de seres anónimos.

Todo comenzó (me refiero al instante de esta historia) una soleada tarde de invierno. Regresaba él con dos bolsas de comestibles (su soledad la matizaba los sábados buscando víveres para el resto de la semana); repentinamente sintió la necesidad de conversar con el portero; más bien de escucharlo. Ambos quedaron a las puertas de los ascensores como viejos amigos; en realidad él rara vez conversaba; siempre estaba apurado. Esa tarde estuvo un cuarto de hora escuchando una letanía de provincias y viajes por verdes comarcas; el portero se despachó a gusto. De pronto se abrió la puerta de uno de los ascensores; surgió una cara conocida y un amable beso en la mejilla; recién en ése momento advirtió la presencia de “ella”. Giró su rostro y, por inercia, también besó su mejilla; fugazmente rozó sus labios. Ella estaba allí; él quedó paralizado y sólo murmuró, al rostro conocido, una amiga de ambos, algunas palabras ininteligibles. Ambas se retiraron prontamente; él regresó a su departamento.

Hacía dos años que se habían separado. Ella decidió estar sola; él era inmaduro; había competido con los dos hijos de ella buscando un lugar desde allí…desde la adolescencia. Su historia era de niño golpeado, sin la ternura de una madre; con la rudeza del padre apabullándolo. La rebeldía fue su escudo y se defendió así siempre. Al encontrar la ternura de ella se refugió como en un cálido nido. Jamás olvidó cómo ella desgajaba un pomelo y, quitando todas las hebras blancas, ponía el trozo en su boca mientras, sentados en un sillón, observaban la noche estrellada desde un piso dieciocho. Jamás olvidó cuando ella recostaba la cabeza de él en su regazo y depilaba sus orejas con una pequeña pinza, lentamente, con la exquisita fruición de la ternura nueva.

Cuando ella decidió tener a su lado a un hombre y no a un niño grande se produjo la ruptura.

En esos dos años él sufrió el abandono; ya había aprendido a quererla con el buen amor del adulto pero había llegado tarde. Sus tiempos (los de él y los de ella) eran distintos. Ella había perdido a su padre siendo niña aún; asumió el rol de madre de su madre. Cuidó de la madre inválida (real o exagerada, nunca se supo; quizá la madre también buscó a una madre y halló a su hija). La niña, raudamente adulta, tuvo responsabilidades prematuras. Por eso ahora, de adulta, necesitaba el mimo y el cuidado de un hombre; él, como siempre tarde, se dio cuenta en esos dos años de separación. Sin embargo el dolor lo hizo madurar. Comprendió, y asumió, su edad real: no era un adolescente. Ella había estado acertada. Ambos no podían estar juntos aunque se amaran.

Sí, se amaban. En esos dos años estuvieron solos. En una sociedad que rinde culto a la mentira, a la hipocresía, al engaño, ellos fueron leales. El sexo y la pasión lo guardaban, como un tesoro, para el amor; rara especie en un extraño país de falsedades y de artificiosas tretas buscando impunidades. Por eso él valoraba a ésa sencilla mujer de ojos claros, transparentes y de un dulce mirar (¡cómo extrañaba su miradita!), aunque admitía su esporádica cólera al transmutarse en breves iras; tan efímeras que las recordaba con afecto. Todo en ella era ternura hasta sus enojos… De ella había aprendido a mirar los retoños de los árboles, “las hojas bebés”, en las primaveras y la música al crujir las hojas (¿quizá las mismas?) pisándolas en paseos otoñales. De ella y con ella había descubierto las callejuelas que “llaman” como un dedo índice que se flexiona invitando a transitarlas. ¡Ah cómo extrañaba aquéllas caminatas unidos de la mano! Sólo con ella había disfrutado los atardeceres. Sólo con ella había sentido la fugaz alegría de la caricia espontánea; aquélla que se brinda ante una palabra o una mirada sutil… ¡Cómo amaba su mano al deslizarse sobre su nuca! En esos dos años él sintió que había acopiado para siempre, hasta el final de sus días, miles de recuerdos, de momentos que sólo el arte podía inmovilizar.

Decidió escribir, aunando vivencias con reflexiones.

Antes del encuentro a la salida del ascensor había escrito un relato corto; era la historia de un científico que huía de los gendarmes de una dictadura y que lo perseguían con mastines. Durante el relato había volcado, sin quererlo y como siempre hacen los autores, algunos recuerdos que pululaban en su cerebro. Y…¿cuáles eran las vivencias más hermosas de su vida? Sin ninguna duda: las que tuvo con ella, con su buen amor.

Esa noche deslizó bajo su puerta, (a esta altura es obvio aclarar que ambos vivían en el mismo edificio y su buen amor de catorce años lo vivieron juntos pero separados por quince pisos) y antes de que ella regresase de su quiosco, un sobre con el relato.

Es menester hacer una aclaración para comprender en profundidad esta historia. Ellos se habían conocido un veinte de julio, día internacional del amigo, y él pensaba echar bajo la puerta de ella la narración del científico en la noche del día diecinueve; así ella encontraría su cuento como obsequio en el día del amigo y que era, a la vez, su aniversario. El fugaz encuentro a la salida del ascensor determinó que él adelantara la entrega. ¡Ah!…, el azar hizo que ésa tarde demorara con el portero los minutos necesarios; parecía que todo llevaba a que ella y él tuvieran que encontrarse. Parece una ficción, salvo que imaginemos destinos implacables o simplemente la casualidad…


A las 21,30 él echó el sobre y luego se puso a preparar su solitaria cena como todos los sábados; pero ésa noche acumuló ingredientes para una mejor pizza (su especialidad era una exquisita pizza mezcla de harina integral, germen de trigo, salvado, harina blanca y otras delicias dietéticas). También la casualidad hizo que tuviese tomates frescos y cebolla porque de haber previsto lo que sucedería habría comprado vino. No, todo lo sucedido fue espontáneo e impensado. Por eso actuó como lo hizo: con reflejos.

A las 22 sonó el timbre de su departamento: era ella; con lágrimas en los ojos entró en el living. Atónito, él sólo atinó a invitarla a pasar y a sentarse. Ella, entre copiosas lágrimas, balbuceaba: “es un golpe bajo, es un golpe bajo”… No supo él, quizá como todos los hombres, reaccionar ante las lágrimas de una mujer. Escuchaba las palabras: “es un golpe bajo, es un golpe bajo”…sin entender qué significaban. Ella habló. Le dijo que lo quería, que lo deseaba, que era una buena persona… Había tardado años (antes de la separación real) en decidir que lo mejor era terminar la relación. Sus tiempos diferentes no la hacían feliz, sufría el egoísmo de él y su inmadurez. No quería otro niño, buscaba al hombre.

En los dos años de separación él ya había comprendido qué había pasado en la mente de ella y por eso jamás sintió rencor; más aún, estaba de acuerdo con ella. La desunión lo hizo crecer pero era tarde.


Entre lágrimas ella decía que no podía restaurar el amor. Se había roto y ella no tenía las fuerzas necesarias para comenzar de nuevo. Le dijo él entonces que había cambiado: la separación además de dolor lo había hecho madurar. “No puedo empezar nuevamente; no puedo recuperar”…insistía ella; él se levantó yendo a la cocina y regresando con un plato. Ella reconoció de inmediato un viejo plato roto que había tirado a la basura y que él le pidió para pegarlo; por azar, la rotura era en dos trozos casi iguales. Al mostrarlo, él dijo: “mira, unidos en el medio; yo los pegué; tengo la fuerza para restaurar nuestro amor, este plato lo conservo como un símbolo; a veces lo uso y lo guardo con cariño”. Ella acotó, ya con menos lágrimas y con pizca de su sutil femineidad: “no son trozos iguales, éste (dijo señalando el de la izquierda) es más grande”. Respondió él (hombre al fin): “claro ése es el macho y ésta la hembrita”. Una sonrisa iluminó la cara de ella.

La invitó él a cenar. Ella resistió algunos momentos pero sabedora de que él es un buen cocinero finalmente aceptó. Al regresar a la cocina advirtió él con estupor que la suculenta pizza la había dejado en el horno y se estaba endureciendo como suela de zapato. Hombre de infinitos recursos y conociendo los materiales con los que trabajaba, rápidamente echó agua dentro de la pizzera; la exquisitez absorbió el líquido como una esponja y recuperó su fresca lozanía. La cena estaba salvada. Ella comenzó a reír al verlo maniobrar con los ingredientes y él, para entretenerla, le mostró los licores caseros y de alta artesanía que preparaba en frascos de perfume o similares. Estaban etiquetados y con un certificado de garantía. Todo prolijo. Había licor de frutillas, de menta, de naranjas. Ella reía con ganas y aseveraba que él estaba loco y que no cambiaba más. La risa, la alegría que había llenado sus vidas durante tantos años regresó. Hubiera querido él abrazarla, levantarla en el aire y decirle: “te quiero, te quiero, amada, amada de siempre y para siempre” pero era hombre, es decir, un cerdo estúpido… Tenía razón ella los hombres son eternamente niños…

Ella mencionó que su hija, residente en el interior del país, de visita y con sus dos niños, podría estar llamándola por teléfono; había salido a ver a una amiga y se inquietaría al no encontrarla. Deseaba volver a su departamento pero también quería quedarse con él a cenar. Mientras él apuraba la preparación de la pizza…sonó el timbre. Al abrir la puerta vieron, con sorpresa, a la hija con sus niños; ella pensaba que regresarían mucho más tarde. Por azar volvió antes y para colmo de males había olvidado las llaves que la madre (ella) le entregaba cada vez que la hija la visitaba. La casualidad hizo que olvidara las llaves y pensó, por sugerencia del niño, verlo a él. La hija de ella comentó que estaba aturdida al no poder entrar y hasta pensó en regresar a la casa de su amiga; la indicación del niño y su intuición la llevaron a la casa de él… El encuentro de casi toda la familia se produjo por mero azar…

Entre todos prepararon la mesa pues aceptaron la invitación de él para cenar. Ella abrió un cajón para buscar más cubiertos y al no encontrarlos preguntó donde estaban; él, riendo, los buscó debajo de otros enseres; “como hacía tiempo que no recibía visitas…”, se justificó. Faltaban sillas. El buscó mientras ellas acomodaban. La última silla la trajo de un recóndito rincón; tuvo que limpiarla. Los hombres son reacios a la limpieza a fondo de una casa; cuando viven solos el polvo se acumula. Ellas, pacientes, lo esperaban ya sentadas, los niños ubicados y él, presuroso, apareció con la silla en alto; parecía el Quijote con su lanza. Se ubicó frente a la hija que tenía en su falda a la beba de diez meses; a su derecha, el niño de tres años y ocho meses; a su izquierda, ella. La magnífica pizza fue cortada en trozos. Ella y la hija señalaron que estaba muy rica; el niño, cansado del intenso trajín, estaba inapetente. Con inmensa ternura, él puso un trozo envuelto en papel en las manitas de la querida criatura; logró poco; el cuerpecito ya palpitaba y la mente quizás intuía la pronta partida de la mamá viajera.

Así, el reencuentro inesperado se produjo con una familia casi a pleno (sólo faltaba el hijo de ella que quizás estaría con alguna novia). Ella siempre lo había querido como padre para sus hijos; él, como siempre tarde, empezó a sentir a los hijos de ella como sus hijos y a los niños…¿cómo sus nietos?

Acompañó a las dos mujeres y los niños al departamento de ella. Se quedó un momento junto al niño que quiso ver dibujos por televisión (es su pasión). El pequeño cuerpo se instaló en una mecedora; parecía un principito. Sobre el piso se sentó él, en silencio y tomando las manitas de la criatura pensó que no había comprendido la dulzura que Ella (su querido buen amor) le había ofrecido años atrás con sus hijos pequeños. ¿Cómo podría restaurar sus falencias?

Se retiró en silencio a su departamento. Cabizbajo y meditabundo al acomodar cansinamente los utensillos, vio un frasco de mermelada de frutillas que había preparado pensando en ella (era una fantasía suya pues estaban separados pero él imaginaba que todos sus productos artesanales los hacía para ella; por eso duraban tanto…) El envase estaba por la mitad; pensó: la otra mitad es para ella…al fin había aprendido a compartir… Subió. Le abrió la puerta la hija; ingresando a la cocina le entregó el frasco a ella, quién, al quitar el envoltorio y leer la etiqueta con el consabido certificado que garantizaba la calidad artesanal del exquisito producto estalló en una risa única e inolvidable… Mi amiga terminó su relato diciendo que él la esperaba en un bar (era un tipo de café) para contarle el resto pero…esa, ésa es otra historia…

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Acerca de Héctor Carlos Reis

Pintor, escritor, abogado, investigador del comportamiento humano. Realicé los estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires donde obtuve el título de Bachiller y en la Universidad Nacional de Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales me recibí de Procurador y de Abogado. Publiqué colaboraciones en la Revista "Todo es Historia" que dirigía el Dr. Félix Luna en los Nos. de diciembre de 1986, en enero, febrero, abril de 1987. Soy autor de novelas, de ensayos, de libros cinematográficos y de relatos cortos. Como mejor síntesis el doctor Félix Luna en su revista "Todo es Historia" Nº 235 de diciembre de 1986 al presentarme utilizó las siguientes palabras para definir mi método: "El doctor Héctor Carlos Reis es abogado, pero sus inquietudes exceden en mucho el marco de su profesión. Ha incursionado en diversos campos de la ciencia y demuestra una notable capacidad para relacionar circunstancias que, siendo aparentemente inconexas, definen procesos de una neta significación. TODO ES HISTORIA ha encargado al doctor Reis la sección que se inicia en esta edición." Estudié dibujo y pintura y actualmente pinto intensamente.

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